
Los domingos, el tianguis tiene su propio sonido.
Se escucha el saludo de quienes se conocen de toda la vida, la voz del comerciante ofreciendo su producto, la plática entre vecinas, el paso de las familias buscando lo necesario para la semana y esa energía tan nuestra de la gente que se levanta temprano para trabajar.
Este domingo recorrí el tianguis de Empalme acompañada de Martha Álvarez, una mujer que conoce bien este espacio y a quienes, semana tras semana, lo mantienen vivo con su esfuerzo.
Para algunos, el tianguis puede ser solo un lugar de compra y venta. Para mí, es mucho más que eso. Es una parte muy auténtica de nuestra identidad.
Y también es parte de nuestra historia.

Recuerdo bien que, durante la administración de mi papá, Heriberto Lizárraga, como presidente municipal, junto con comerciantes empalmenses se impulsó el proyecto del tianguis dominical. No nació de una ocurrencia, sino de una necesidad y de una visión compartida: abrir un espacio donde la gente pudiera trabajar, vender, comprar, convivir y fortalecer la economía familiar.
Por eso, caminar hoy entre esos puestos tiene un significado muy especial para mí. Porque no camino un lugar ajeno. Camino un espacio que forma parte de la vida de muchas familias, pero también de una historia que conozco de cerca y que me llena de orgullo.
Mientras avanzaba entre los puestos, pensaba en algo que siempre he sentido: una ciudad no se conoce solamente por sus calles principales ni por sus edificios. Se conoce por su gente. Por quienes trabajan, por quienes saludan, por quienes cuentan su historia sin darse cuenta, en una conversación sencilla, en una mirada o en una sonrisa.
Yo crecí sabiendo que la voz de la gente importa. Vengo de una familia empalmense que durante años ha estado ligada a la radio, a escuchar, a comunicar y a acompañar la vida diaria de nuestra comunidad. La familia Lizárraga ha sido parte de muchas historias, de muchas mañanas, de muchas noticias y de muchas voces que han pasado por un micrófono para decir lo que sienten, lo que viven y lo que necesitan.
Tal vez por eso, cada vez que estoy cerca de la gente, no lo veo como un acto de presencia. Lo veo como algo natural. Como parte de lo que soy.

En el tianguis no hay poses. Ahí la realidad se ve de frente. Está la madre que busca cuidar el gasto, el comerciante que lleva años levantando su puesto, la familia que convierte el domingo en paseo, el adulto mayor que saluda con cariño, la persona que se acerca para contar lo que le preocupa o simplemente para decir:
“qué bueno que anda por aquí”
Eso vale mucho.
Porque estar cerca no significa llegar, tomarse una foto e irse. Estar cerca significa escuchar con respeto, reconocer el esfuerzo de los demás y entender que detrás de cada puesto hay una familia, una historia y una forma digna de salir adelante.
Me dio gusto caminar junto a Martha Álvarez, porque su presencia representa también a muchas personas que han hecho del tianguis un espacio de trabajo, convivencia y comunidad.
Hoy me quedo con eso: con las voces, con los saludos, con las historias pequeñas que dicen tanto y con la certeza de que mi tierra tiene una fuerza enorme en su gente.
Soy orgullosamente empalmense.
Y cada vez que camino entre mi gente, confirmo que nuestras raíces no se presumen: se honran estando cerca.
